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Porque con el corazón se cree

viernes, 11 de noviembre de 2011

TEXTO: ROMANOS 10: 10.

INTRODUCCION: Cuando hablamos de la fe, hablamos de lo espiritual, de lo invisible, de lo eterno (Hebreos 11: 1; 1Corintios 2: 9). Concluimos entonces que la fe y el creer no son algo racional, ni mental, ni estás cosas se pueden entender con la mente. Según lo anterior se requiere de un lugar en el hombre donde se pueda desarrollar la fe y se crea. Este lugar debe corresponder a lo espiritual, invisible y eterno de la fe. Ese lugar en el hombre es el órgano espiritual llamado corazón (Eclesiastés 3: 11) de allí la importancia del estado del corazón para el hombre en cuanto a la fe y el creer. De como esté el estado de tu corazón así mismo estará tu fe.

¿Cuál es la importancia del corazón en la fe y en el creer?

1. El corazón es el terreno donde será la implantada la palabra que oímos y cuyo propósito es producir fe en nosotros, Romanos 10: 17. La biblia nos enseña que la fe viene por el oír pero cuando oímos debemos permitir que se convierta de una acción natural a una espiritual, Esto sucede cuando la palabra pasa de nuestros oídos naturales a oírlo espiritualmente y permitir que llegue al corazón. Ahora, la biblia compara muchas veces nuestro corazón con un terreno y la semilla que es plantada en nuestro corazón con la palabra de Dios, Mateo 13: 1-15.

Entonces según la parábola del sembrador podemos notar lo siguiente:

a. Hay un sembrador que siembra la semilla en el terreno. Mateo 13: 13. La semilla no se siembra sola, siempre habrá un sembrador y nuestro estado del corazón para con el sembrador es muy importante. Muchos dicen de esta parábola que el sembrador es Jesús pero Marcos 4: 14 nos dice que el predicador quien enseña la palabra es el sembrador. Entendamos que aquel que nos predica es un enviado de Dios con su palabra de fe (Romanos 10: 14-18). Así que nuestro estado del corazón para con el predicador es determinante en la fe. Un corazón cerrado para recibir, autosuficiente, prejuiciado o con resentimientos hacia el predicador no es buena tierra para la semilla. Recordemos el ejemplo de Ana que aun siendo maltratada por el sacerdote por el sacerdote Elí y sin tener este el mejor testimonio, soltó una palabra que ella recibió, produjo fe y rompió su esterilidad. El que cierra sus oídos cierra su corazón, Santiago 1: 21.

b. Nuestro corazón es mala tierra cuando está dividido, Mateo 13: 4. Una cosa es estar junto al camino y otra cosa es estar en el camino. la biblia dice que Jesucristo es el camino (Juan 14: 6) El que está junto al camino no ha tomado una decisión real por Cristo y para la gran mayoría porque no están entre las tinieblas y la luz. Por eso aunque reciben la palabra las aves que son tipos de demonios la comen porque su mayor área de comunión son las tinieblas. Oseas 10: 1-2.

c. Nuestro corazón es mala tierra cuando se endurece por causa de la aflicción, Mateo 13: 5-6. Sabemos que para que una semilla pueda penetrar en la tierra se requiera que esta se encuentre blanda. No habrá una penetración de la palabra de Dios cuando nuestro corazón está endurecido. Esta es la causa por la cual muchas veces la misma palabra primero tiene que romper nuestro corazón y prepararlo para la semilla y el que luego será nuestro sembrador primero tiene que convertirse en nuestro labrador (Mateo 21: 33; Oseas 10: 12). La dureza del corazón tiene la particularidad de permitir un gozo momentáneo que está determinado por las condiciones externas y no por lo que dice la palabra de Dios. Los corazones endurecidos se dejan llevar por las circunstancias y aflicciones, no anteponen las promesas de Dios que son en el si y amen y que están por encima de cualquier circunstancia aflicción y prueba. El que tiene un corazón endurecido es superficial y no permite que la palabra penetre hasta lo más profundo para cambiarlo. Si permitimos que nuestro corazón sea labrado entonces vendrá el Espíritu Santo para completar la obra de ablandamiento y así nuestra la semilla de Dios no se perderá. Hebreos 6: 7-8.

d. Nuestro corazón es mala tierra cuando estamos enfocados solo a lo material, Mateo 13: 7; Marcos 4: 17-18. Uno de los más grandes errores que la gente puede cometer es el pensar que el propósito fundamental de la fe es el alcanzar cosas (1Pedro 1: 9). Cuando esto es así la gente entra en el afán de este mundo que es lo material en el más corto tiempo posible. Sabemos que las cosas en Dios no son así y requieren un proceso, como el que requiere toda semilla que se planta, para luego convertirse en un árbol y después comenzar a producir frutos (Santiago 5: 7). También podemos decir que los espinos son tipo de la raíz de amargura. Un corazón amargado, resentido, con falta de perdón es una mala tierra que ahoga la palabra de Dios. Una de las razones por las cuales Ana la mamá del profeta Samuel no tenía fe era por la amargura que causaba su situación (1Samuel 1: 10). Solamente después que dejo su amargura y tristeza pudo concebir (1Samuel 1: 18-19). La raíz de amargura es un estorbo para la fe y además puede contaminar a otros para que no crean (Hebreos 12: 15).

e. Cuando nuestro corazón es buena tierra, entonces produciremos fruto abundante, Mateo 13: 8. Solamente la buena tierra producirá fruto. Es lógico que la buena tierra no se ajusta a las características de la mala tierra, es decir.

Tiene un labrador y lo acepta.

Está definido por seguir a Jesús.

Es sensible al Espíritu Santo.

Permite ser barbechado (quebrantado).

No está apegado a lo material

Es perdonador y mantiene el gozo.

Pero Jesús dio tres claves para ser buena tierra (buen corazón). Mateo 13: 23.

1. Oye la palabra: Este es el que va más allá de lo natural y permite que en lo espiritual la palabra llegue a su corazón y se siembre, está atento a lo que Dios va a hablar. Mateo 13: 13-14.

2. Entiende la palabra: Este es el que sabe que Dios le está hablando con un propósito. No toma la palabra como algo personal y destructivo contra el. Salmos 32: 8-9.

3. Da fruto: Este es el que obedientemente conforme a lo que oye y entiende hace y ejecuta para su vida. Santiago 1: 22; 3: 13


Juan Carlos Mosquera B.

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