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El Rey de reyes - R. C. Sproul

lunes, 24 de agosto de 2009


El evangelio de Lucas termina con una afirmación que llama la atención: “Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado ante El, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y permanecían siempre en el Templo alabando a Dios.” (24:50-53)

Lo que llama la atención de este pasaje es que cuando Lucas describe la ida de Jesús al cielo, la respuesta de sus discípulos fue regresar a Jerusalén sintiendo un gran regocijo. Pareciera que la ida de Jesús inculcara en Sus discípulos un sentimiento de gran regocijo. Esto se hace aún más desconcertante cuando tomamos en cuenta los sentimientos expresados por los discípulos cuando Jesús les habló sobre Su próxima partida. En ese momento, la idea de que su Señor los dejara les provocó una sensación de profundo desconsuelo. Parecía que nada podía ser más deprimente que anticipar la separación que se daría de la presencia de Jesús. Sin embargo, en un tiempo muy corto, esa depresión se transformó en una felicidad indescriptible.

Tenemos que preguntarnos que es lo que provocó ese cambio tan radical en los sentimientos de los discípulos de Jesús. La respuesta a esta pregunta está clara en el Nuevo Testamento. Entre el tiempo en que Jesús anunciara su partida y el tiempo real de su partida, los discípulos comprendieron dos cosas: Primero, ellos entendieron el porque Jesús se iba. Luego, comprendieron a cual lugar Él iría. Jesús partiría no para dejarlos solos y sin esperanza, sino, para ascender al Cielo. El concepto del Nuevo Testamento en relación a la ascensión significa mucho más que irse a los cielos o incluso a la residencia celestial. En Su ascensión, Jesús iba a un lugar determinado por una razón específica. Él ascendía con el propósito de ser investido y coronado como “El Señor de señores.” El título que el Nuevo Testamento utiliza para denominar a Jesús en su condición de rey es “Rey de reyes”, como también “El Señor de señores”. Esta significativa estructura literaria quiere decir mucho más que el adoptar posición de autoridad que lo capacitaría a gobernar sobre reyes menos importantes. Esta es una estructura que indica la supremacía de Jesús en Su posición de grandiosidad monárquica. Él es Rey en el más amplio sentido del poder monárquico.

En términos bíblicos es impensable que exista un rey sin tener reino. Al ascender Jesús a Su coronación como rey, esa coronación trae también la designación dada por el Padre del reino sobre el cual Él manda. El reino es toda la creación.

En la teología moderna encontramos dos grandes errores en relación al concepto bíblico del reino de Dios. El primero es que el reino ya estaba totalmente establecido y que nada quedaba para ser manifestado en el reino de Cristo. Este punto de vista puede considerarse como una escatología generalizada (últimos acontecimientos). Con la creencia de la abundancia del reino, no habría necesidad de buscar nada más debido al triunfo de Cristo. El otro error es en el que cree una gran mayoría de los cristianos: que el reino de Dios es algo totalmente futurista, o sea, no hay posibilidad de que el reino de Dios ya exista. Esta concepción toma una posición tan fuerte hacia la dimensión futura del reino de Dios, que incluso en algunos pasajes del Nuevo Testamento, como el de Mateo 5-6 (Bienaventuranzas), no tienen ninguna aplicación en la iglesia hoy en día, ya que pertenecen a una era futura del reino que aún no ha comenzado.

Los dos puntos de vista mencionados son contrarios a la enseñanza clara del Nuevo Testamento, que dice que el reino de Dios, efectivamente, ya ha comenzado. El Rey tiene su posición. Él ya ha recibido toda la potestad sobre los Cielos y la Tierra. Esto significa que nuestro Rey Jesús tiene la autoridad suprema sobre los reinos de la tierra y del universo mismo. No existe nada en este mundo, ningún reino o símbolo de poder que no esté bajo Su mandato y su poder. En las cartas de Pablo a los Filipenses, capítulo 2, en el himno a la kénosis del Creador, se menciona que el nombre de Jesús se le fue dado pues es el que está por encima de todos los otros nombres. El nombre que se le ha dado y que supera cualquier otro título que un hombre pueda recibir. Es el nombre reservado para Dios. Es el título de Dios: “Adonai”, que significa que es “Él verdadero soberano.” Se insiste así que este título implica la autoridad suprema del que es el Rey de toda la Tierra. La traducción que se hace en el Nuevo Testamento del Viejo Testamento del título: “Adonai”, es la palabra “señor”. Cuando Pablo dice que en el nombre de Jesús, cada rodilla debe doblarse y cada boca debe confesar, la razón para arrodillarse es la obediencia, y la de confesarse es declarar con sus labios que Jesús es Señor. Esto quiere decir que Él es amo soberano. Ésta fue la profesión de fe inicial de la primera iglesia.

Luego Roma, en su mal guiada tiranía pagana, trató de forzar un juramento al culto del emperador, en la que se obligaba a toda la gente a recitar la frase: kaisar kurios -“Cesar es el señor.” Los cristianos respondieron mostrando toda la sumisión civil posible. Ellos pagaron los impuestos, honraron al rey, fueron ciudadanos ejemplares, pero no pudieron acoger la orden de proclamar a Cesar como su señor. Su respuesta a ese juramento de lealtad al culto del emperador, Kaiser kurios, fue tan profunda en sus ramificaciones como sencillo fue su mensaje, Jesús ho kurios Jesús es el Señor. La adoración de Jesús no es simplemente una esperanza que los cristianos comprenderán algún día. Es una verdad que ya existe. Es obligación de la iglesia hacer visible el Reino Invisible de Cristo. Aunque ese Reino es invisible es auténticamente real.

Publicado por Administrador en 10:38 p. m.  
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