Siete hábitos de la gente altamente farisea (...o religiosa)
viernes, 25 de noviembre de 2011
1.- Los fariseos confian en si mismos.
2.- Los fariseos creen en su propia Justicia.
3.- Los fariseos ven a los demás como inferiores.
4. Los fariseos les gusta presumir sus logros y compararse con el que no los tiene.
5. El fariseo se preocupa por como luce su aspecto exterior y como ejecuta sus talentos para que lo miren.
6. El fariseo juzga basado en el estandar de la comparación con los demás siempre.
7. El fariseo vive la vida basada en obras, presume lo que hace por otros y lo que da, siempre buscando el beneficio personal, es un pragmatista absoluto y cree que asi se gana el cielo.
Etiquetas: Artículos, Fariseismo, Liderazgo, Religiosidad
El matrimonio sujeto a Dios - Norman Wright
jueves, 24 de noviembre de 2011
¿Cómo es estar casado conmigo? Ponerse en los zapatos del otro siempre nnos da una perspectiva renovada.¿Probaste alguna vez ponerte en el lugar de Dios?.
El educador y autor de éxitos de librería H. Norman Wright se abre camino por la confusión cultural y aclara el concepto de la institución matrimonial como creó Dios en un principio: una unión hermosa, comprometida y eterna. Es un lazo que deja una sola opción a todo el que alguna vez prometiera : hacer que funcione a pensar de todo. Entonces, ¿cómo hacerlo?
Wright tine en cuenta las tentaciones y las luchas que enfrentan las parejas de hoy en día y ofrece una guía práctica y probada basada en la Palabra de Dios. Tú y tu cónyuge descubrirán el reto de transmitir su historia a otros. El matrimonia sujeto a Dios te ayudará a ver las cosas desde la perspectiva de Dios. Es lo mejor que podrías hacer por tu matrimonio.

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Etiquetas: Ayuda para predicadores, Familia, Hogar, Hombres, Libros, Liderazgo, Matrimonio, Mujeres, Norman Wright
La potencia Oculta del Ayuno y la Oracion - Mahesh Chavda
Si el ataque es fisico, financiero, o es una crisis familiar, el escritor Mahesh Chavda ha vivido victoriosamente en medio de estos ataques y ha visto el poder de Dios ganar cada batalla.
El estilo de vida de Mahesh es de oracion y ayuno. Lo inspirara para pelear la buena batalla porque el sabe que Dios ya nos ha dado la solucion.
Traiga la gloria de Dios a su vida, a su iglesia, a su ciudad y a su nacion, a traves del poder secreto de la oracion y el ayuno.
El ayuno es un asunto serio con Dios, el ayuno lo cambia todo.

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Por qué dejé de ser ateo - Josué Ferrer
lunes, 14 de noviembre de 2011

Las evidencias explícitas sobre la existencia de Dios y cómo comprobarlas son tan aplastantes, que no volverás a ser la misma persona al finalizar la última página
¿Perdiste la fe y no sabes cómo recuperarla?
¿Tienes fe, pero te falta fundamento?
¿No tienes fe en nada ni en nadie?
¿Eres o conoces a alguien que dice ser ateo?

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Hudson Taylor - El padre de las misiones modernas
James Hudson Taylor nació el 21 de mayo de 1832 en un hogar cristiano. Su padre era farmacéutico en Barnsley, Yorkshire (Inglaterra), y un predicador que en su juventud tuvo una fuerte carga por China. Cuando Hudson tenía sólo cuatro años de edad, asombró a todos con esta frase: «Cuando yo sea un hombre, quiero ser misionero en China».La fe del padre y las oraciones de la madre significaron mucho. Antes de que él naciera, ellos habían orado consagrándolo a Dios precisamente para ese fin.
Sin embargo, pronto el joven Taylor se volvió un muchacho escéptico y mundano. Él decidió disfrutar su vida. A los 15 años entró en un banco local y trabajó como empleado menor donde, puesto que era un adolescente bien dotado y alegre, llegó a ser muy popular. Los amigos mundanos le ayudaron a ser burlón y grosero. En 1848 dejó el banco para trabajar en la tienda de su padre.
Conversión y llamamiento
Su conversión es una historia asombrosa. Una tarde de junio de 1849, cuando tenía 17 años, entró en la biblioteca de su padre. Echaba de menos a su madre que estaba lejos, y quería leer algo para pasar el rato. Tomó un folleto de evangelismo que le pareció interesante, con el siguiente pensamiento: «Debe haber una historia al principio y un sermón o moraleja al final. Me quedaré con lo primero y dejaré lo otro para aquellos a quienes le interese».
Pero al llegar a la expresión «la obra consumada de Cristo» recordó las palabras del Señor «consumado es», y se planteó la pregunta: «¿Qué es lo que está consumado?». La respuesta tocó su corazón, y recibió a Cristo como su Salvador.
A esa misma hora, su madre, a unos 120 kilómetros de allí, experimentaba un intenso anhelo por la conversión de su hijo. Ella se encerró en una pieza y resolvió no salir de allí hasta que sus oraciones fuesen contestadas. Horas más tarde salió con una gran convicción. Diez días más tarde regresó a casa. En la puerta le esperaba su hijo para contarle las buenas noticias. Pero ella le dijo: «Lo sé, mi muchacho. Me he estado regocijando durante diez días por las buenas nuevas que tienes que decirme.»
Más tarde Hudson se enteró de que también su hermana, hacía un mes, había iniciado una batalla de oración a favor de él. «Criado en tal ambiente, y convertido en tales circunstancias, no es de extrañar que desde el comienzo de mi vida cristiana se me hacía fácil creer que las promesas de la Biblia son muy reales».
Sin embargo, a poco andar, Hudson empezó a sentirse descontento con su estado espiritual. Su «primer amor» y su celo por las almas se había enfriado. En una tarde de ocio de diciembre de 1849 se retiró para estar solo. Ese día derramó su corazón delante del Señor y le entregó su vida entera. «Una impresión muy honda de que yo ya había dejado de ser dueño de mí mismo se apoderó de mí, y desde esa fecha para acá no se ha borrado jamás». Poco tiempo después, sintió que Dios le llamaba para servir en China.
Desde entonces su vida tomó un nuevo rumbo, pues comenzó a prepararse diligentemente para lo que sería su gran misión. Adaptó su vida lo más posible a lo que pensaba que podría ser la vida en China. Hizo más ejercicios al aire libre; cambió su cama mullida por un colchón duro, y se privó de los delicados manjares de la mesa. Distribuyó con diligencia tratados en los barrios pobres, y celebró reuniones en los hogares.
Comenzó a levantarse a las cinco de la mañana para estudiar el idioma chino. Como no tenía recursos para comprar una gramática y un diccionario –muy caros en ese tiempo– estudió el idioma con la ayuda de un ejemplar del Evangelio de Lucas en mandarín. También empezó el estudio del griego, hebreo, y latín.
En mayo de 1850 comenzó a trabajar como ayudante del Dr. Robert Hardy, con quien siguió aprendiendo el arte de la medicina, que había comenzado con su padre. Sabía de la escasez de médicos en China, así que se esmeró por aprender.
En noviembre del año siguiente, tomó otra decisión importante: para gastar menos en sí mismo y poder dar más a otros, arrendó un cuarto en un modesto suburbio de Drainside, en las afueras del pueblo. Aquí empezó un régimen riguroso de economía y abnegación, oficiando parte de su tiempo como médico autonombrado, en calles tristes y miserables. Se dio cuenta que con un tercio de su sueldo podía vivir sobriamente. «Tuve la experiencia de que cuanto menos gastaba para mí y más daba a otros, mayor era el gozo y la bendición que recibía mi alma».
La fe es probada
Sin embargo, por este tiempo Hudson Taylor tuvo una dolorosa experiencia. Desde hacía dos años conocía a una joven maestra de música, de rostro dulce y melodiosa voz.
Él había alentado la esperanza de un idílico y feliz matrimonio con ella. Pero ahora ella se alejaba. Viendo que nada podía disuadir a su amigo de sus propósitos misioneros, ella le dijo que no estaba dispuesta a ir a China.
Hudson Taylor quedó completamente quebrado y humillado. Por unos días sintió que vacilaba en su propósito, pero el amor de Dios lo sostuvo. Años más tarde diría: «Nunca he hecho sacrificio alguno». No habían faltado los sacrificios, es verdad, pero él llegó a convencerse de que el renunciar a algo para Dios era inevitablemente recibir mucho más. «Un gozo indecible todo el día y todos los días, fue mi feliz experiencia. Dios, mi Dios, era una Persona luminosa y real. Lo único que me correspondía a mí era prestarle mi servicio gozoso».
Entre tanto, la carga por la evangelización de China se hacía cada vez más fuerte en su corazón.
A su madre le escribía: «La tarea misionera es la más noble a que podamos dedicarnos. Ciertamente no podemos ser insensibles a los lazos humanos, pero ¿no debemos regocijarnos cuando hay algo a lo que podemos renunciar por el Salvador? ¡Oh, mamá, no te puedo decir cómo anhelo ser misionero... Piensa, madre mía, en los doce millones de almas en China que cada año pasan a la eternidad sin Aquel que murió por mí!... ¿Crees que debo ir cuando haya ahorrado suficiente para el viaje? Me parece que no puedo seguir viviendo si no se hace algo por China».
Pero había algunas consideraciones –aparte del dinero para el viaje– que aún lo detenían. Él sabía que en China no tendría ningún apoyo humano, sino sólo Dios. No dudaba que Dios no fallaría, pero ¿y si su fe fallaba? Sentía que debía aprender, antes de salir de Inglaterra, «a mover a los hombres, por medio de Dios, sólo por la oración». Así que decidió ejercitar su fe, y estar así preparado para lo que vendría. Muy pronto encontró la manera de hacerlo.
Su patrón le había pedido que le recordara cuándo era el tiempo en que debía pagarle su sueldo trimestral, pero él se propuso no recordárselo, sino orar para que Dios lo hiciera.
De esa manera vería la mano de Dios moverse en respuesta a su oración. Pero al llegar la fecha, el patrón lo olvidó. Como aún le quedaba una pequeña moneda, y no tenía mayor necesidad, siguió orando sin decirle nada a su patrón. Ese domingo un hombre muy pobre fue a buscarlo porque su esposa agonizaba. Allí comprobó que esa familia con cinco niños tristes, y la madre con un bebé de tres días en sus brazos, se moría de hambre.
En su corazón él deseaba haber tenido su moneda convertida en sencillo para darle algo, sin quedar en blanco. Para el día siguiente, él mismo no tenía qué comer.
Mientras intentaba alentar a la familia, su corazón le reprochaba su hipocresía e incredulidad. Les hablaba de un Padre amoroso que cuidaría de ellos, pero no creía que ese mismo Padre pudiera cuidar de él, si es que entregaba todo su dinero. Su oración le pareció falsa y vacía. Cuando ya se retiraba, el hombre le rogó: «Ya ve usted la situación en que estamos, señor. Si puede ayudarnos, ¡por amor de Dios hágalo!» Entonces Hudson sintió que el Señor le recordaba las palabras: «Al que te pida, dale».
Así que, obedeciendo con temor, metió la mano en el bolsillo y le dio su única moneda. «Recuerdo bien que esa noche, al regresar a mi cuarto, el corazón lo sentía tan liviano como el bolsillo. Las calles desiertas y oscuras retumbaban con un himno de alabanza que no pude contener.»
A la mañana siguiente, mientras desayunaba lo último que le quedaba, le llegó una carta. Venía sin remitente y sin mensaje. En ella sólo venía un par de guantes de cabritilla. Y en uno de ellos había una moneda ¡de cuatro veces el valor de la que había regalado! Esa moneda lo salvó de la emergencia, y le enseñó una lección que nunca olvidaría. Sin embargo, el doctor seguía sin recordar su compromiso, así que siguió orando. Pasaron quince días, pero nada.
Desde luego, no era la falta de dinero lo que más lo mortificaba, pues podía obtenerlo con sólo pedirlo.
El asunto era: ¿Estaba en condiciones de ir a China o su falta de fe le sería un estorbo? Y ahora surgía un nuevo elemento de preocupación.
El sábado por la noche debía pagar el arriendo de su pieza, y no tenía dinero. Además, la dueña de la pieza era una mujer muy necesitada.
El sábado en la tarde, poco antes de terminar la jornada semanal, el doctor le preguntó: «Taylor, ¿es ya el tiempo de pagarle su sueldo?».
Él le contestó, con emoción y gratitud al Señor, que hacía algunos días ya había vencido el plazo. El médico le dijo: «Ah, qué lastima que no me lo recordara. Esta misma tarde mandé todo el dinero al banco. Si no, le hubiera pagado en seguida.»
Muy turbado, esa tarde Hudson tuvo que buscar refugio en el Señor para recuperar la paz. Esa noche, se quedó solo en la oficina, preparando la palabra que debería compartir al día siguiente. Esperaba que el llegar esa noche a su cuarto, ya la señora estuviese acostada, así no tendría que darle explicaciones. Tal vez el lunes el Señor le supliera para cumplir su compromiso.
Era poco más de las diez de la noche, y estaba por apagar la luz e irse, cuando llegó el médico. Le pidió el libro de cuentas, y le dijo que, extrañamente, un paciente de los más ricos había venido a pagarle. El doctor anotó el pago en el libro y estaba por salir, cuando se volvió y, entregando a Hudson algunos de los billetes que acababa de recibir, le dijo: «Ahora que se me ocurre, Taylor, llévese algunos de estos billetes. No tengo sencillo, pero le daré el saldo la próxima semana».
Esa noche, antes de irse, Hudson Taylor se retiró a la pequeña oficina para alabar al Señor con el corazón rebosante. Por fin, supo que estaba en condiciones para ir a China.
El sueño comienza a cumplirse
En otoño de 1852, se trasladó a Londres, donde se matriculó como estudiante de medicina en uno de los grandes hospitales. Aunque la Sociedad para la Evangelización de China (CES por sus iniciales en inglés) le ayudó sufragándole parte de sus gastos, él continuó dependiendo en todo lo demás directamente del Señor. Cuando solamente tenía 21 años de edad, y aún no había acabado sus estudios, se le abrió inesperadamente la puerta, por lo que tuvo que embarcarse para Shanghai a la brevedad.
Desde China habían llegado informes de que el líder revolucionario de los Taiping solicitaba misioneros para la propagación del evangelio, que él mismo había abrazado tiempo atrás. Así que la CES decidió enviar a Hudson Taylor, esperando enviar a otro misionero un poco más adelante.
Taylor se embarcó en Liverpool en septiembre de 1853, en el buque de carga Dumfries, llevando en su equipaje mucha de literatura en idioma chino para distribuir. Nunca olvidaría el grito desgarrador de su madre al verlo partir. Allí en la nave, era el único pasajero.
Fue un viaje tempestuoso; en dos ocasiones estuvieron a punto de naufragar. La navegación se calmó cerca de Nueva Guinea. El capitán se desesperó cuando una corriente los llevaba rápidamente hacia los arrecifes de la costa, donde los caníbales les esperaban con fogatas encendidas. Taylor y otros se retiraron a orar y el Señor envió una fuerte brisa que los puso a salvo. Arribaron a Shanghai en marzo de 1854, tras seis largos meses de navegación.
¡El viaje normalmente tomaba cuarenta días!
Hudson Taylor no estaba preparado para la guerra civil que encontró a su arribo. La revolución había comenzado a degenerarse rápidamente. Muchos de los líderes rebeldes habían abrazado el cristianismo sólo por motivos políticos. «No conocían mucho del espíritu cristiano y no manifestaban ninguno». El destino de Taylor era Nanking, en el norte, pero sólo pudo establecerse en Shanghai, donde fue acogido por el doctor Lockhart.
A su alrededor había miseria, violencia y muerte. Sus ojos se inflamaron, sufrió dolores de cabeza y pasaba mucho frío. En su gracia, Dios permitía que desde el principio estuviera rodeado de muchas dificultades, para así prepararlo en las tareas que habría de enfrentar más adelante.
Pese a estas dificultades, en los dos primeros años que estuvo Hudson Taylor en China, realizó diez viajes misioneros desde Shanghai, en pequeñas embarcaciones que servían a la vez de albergue. Con la llegada del misionero Parker pudo realizar una labor más amplia, distribuyendo 1800 Nuevos Testamentos y más de 2.000 tratados y folletos. Poco después, sin embargo, los Parker se trasladaron a Ningpo y él se quedó solo.En parte para explorar lugares de futura residencia y también para evitar los senderos de los nacionalistas, Hudson Taylor realizó un viaje por el Yangtze en barco. Visitó 58 pueblos, de los cuales sólo siete habían visto a un misionero alguna vez. Predicó, removió tumores y distribuyó libros.
A veces, las personas huían de él, o le lanzaban barro y piedras. Su aspecto occidental, cómico y carente de dignidad para los chinos, distraía continuamente a las audiencias. Esto le llevó a tomar una decisión radical, que habría de hacerle acepto a los chinos, pero casi abominable a los ingleses: Se vistió a la usanza china, con la cabeza rasurada por el frente y con el cabello de la parte posterior tomado en una larga trenza. Desde ese día, pudo realizar la obra con mayor eficacia.
En octubre de 1855 dejó Shanghai para ir a Tsungming, una gran isla en la desembocadura del Yangtze, con más de un millón de habitantes y ningún misionero. Allí fue muy bien recibido por la gente, en parte por sus labores médicas. Sintió que ése sería un buen lugar para establecerse y volvió a Shanghai para reabastecerse de medicamentos, recolectar cartas y proveerse con ropa de invierno.
Sin embargo, las autoridades le ordenaron abandonar Tsungming, pues los doctores locales se quejaron porque estaban perdiendo su negocio a causa del doctor extranjero. Además, según los acuerdos binacionales, los extranjeros sólo podían morar en los puertos, y no en el interior del país. Estas seis semanas en la isla fueron su primera experiencia en el «interior».
En este tiempo, Hudson Taylor habría de hallar un motivo de mucho gozo y compañerismo cristiano. Conoció a William Burns, un evangelista escocés, con quien congenió en seguida, pese a la disparidad de sus edades. Burns era un hombre muy eficaz en la Palabra y de mucha oración. Durante siete meses trabajaron juntos con mucho provecho. Pronto, Burns se dio cuenta que su compañero lograba un mayor acercamiento a la gente, así que él también decidió rasurarse y vestirse como ellos.
En febrero de 1856, ambos fueron llamados a Swatow, 1.500 kilómetros al sur. Tras 4 meses de servicio allí, y pese a las muchas dificultades, Dios bendijo su trabajo, así que pensaron establecerse en ese lugar. Burns pidió a Taylor que fuese a Shanghai a buscar su equipo médico, que les era de gran necesidad. Cuando éste llegó encontró que casi todos sus suministros médicos habían sido destruidos accidentalmente en un incendio.
Entonces vino la penosa noticia de que Burns había sido arrestado por las autoridades chinas y enviado hasta Cantón, y que a él se le prohibía regresar a Swatow. «Esos meses felices fueron de inexpresable gozo y consuelo para mí. Nunca tuve un padre espiritual como el Sr. Burns. Nunca había conocido una comunión tan segura y tan feliz. Su amor por la Palabra era una dicha, y su vida santa y reverente, y su constante comunión con Dios hicieron que su compañerismo satisficiera las ansias más profundas de mi ser».
Poco después, Swatow estuvo en el ojo del huracán, a causa de la guerra anglo-china, por lo que Hudson Taylor pudo comprobar que todas las circunstancias son ordenadas por Dios para favorecer a los que le aman.
Taylor decidió quedarse en Ning-po, donde el doctor Parker había establecido un hospital y un dispensario farmacéutico. Por ese tiempo, Hudson Taylor había quedado casi en la indigencia.
Le habían robado su catre de campaña, ropa, dos relojes, instrumentos quirúrgicos, su concer-tina, la fotografía de su hermana Amelia y una Biblia que le había dado su madre. Además, la CES estaba en bancarrota. Había tenido que conseguir dinero para pagar a sus misioneros, así que Hudson se vio impelido a renunciar, por motivos de conciencia. «Para mí era muy clara la enseñanza de la Palabra de Dios «No debáis a nada nada»... Lo que era incorrecto para un solo cristiano, ¿no lo era también para una asociación de cristianos?... Yo no podía concebir que Dios era pobre, que le faltaban recursos, o que estaba renuente a suplir la necesidad de cualquier obra que fuera suya. A mí me parecía que, si faltaban los fondos para una determinada obra, entonces hasta allí, en esa situación, o en ese tiempo, no podría ser la obra de Dios». El paso de fe de renunciar al sueldo de la Sociedad, lo llenó de gratitud y gozo. Desde entonces, confiaría solamente en Dios para su sustento.
Noviazgo y matrimonio
En Ningpo, una nueva familia, los Jones, había llegado y la comunidad misionera era ferviente en espíritu. Una vez a la semana ellos cenaban en la escuela dirigida por la Srta. Mary Ann Aldersey, una dama inglesa de 60 años, reputada por ser la primera mujer misionera en China. Ella tenía dos jóvenes ayudantes, Burella y María, hijas de Samuel Dyer, uno de los primeros misioneros en China.
El día de Navidad de 1856, el grupo misionero tuvo una celebración donde comenzó una amistad entre Hudson y María. Esta joven era muy agraciada y simpática, además de una ferviente cristiana. Muy pronto compartieron los mismos anhelos y aspiraciones de santidad, de servicio y acercamiento a Dios, y aun la indumentaria oriental que llevaba Taylor. Taylor tuvo que cumplir una importante misión en Shanghai, pero le escribió a María pidiéndole formalizar un compromiso. Obligada por la Srta. Aldersey –que menospreciaba al joven– María se negó.
Ante esto, ambos se abocaron a la obra del Señor, y oraron. Más tarde, al comprobar que el sentimiento mutuo persistía, decidieron pedir la autorización al tutor de ella, que vivía en Londres. Tras cuatro largos meses de espera, llegó la respuesta favorable.
El tutor se había enterado en Londres de que Hudson Taylor era un misionero muy promisorio. Todos los que le conocían daban buen testimonio de él.
Así, con todo a favor, decidieron comprometerse públicamente en noviembre de 1857. En enero de 1859, poco después de que María cumpliera los 21 años, se casaron y se establecieron en Ningpo. «Dios ha sido tan bueno con nosotros.
En realidad, ha contestado nuestras oraciones y ha tomado nuestro lugar en contra de los fuertes. ¡Oh, que podamos andar más cerca de él y servirle con mayor fidelidad!».
El trabajo en el grupo continuó. John Jones fue el pastor, María dirigió la escuela de niños mientras el pequeño grupo de Taylor en Ningpo continuó la obra misionera en la gran ciudad inconversa. Por este tiempo se convirtió un chino, presidente de una sociedad idólatra, que gastaba mucho tiempo y dinero en el servicio de sus dioses. Luego de escuchar la Palabra por primera vez dijo: «Por mucho tiempo he estado en busca de la verdad, sin encontrarla. He viajado por todas partes, y no he podido hallarla. No he podido encontrar descanso en el confucianismo, el budismo ni en el taoísmo. Pero ahora sí he encontrado reposo para mi alma en lo que hemos oído esta noche. De ahora en adelante soy creyente en Jesús». En seguida fue un fiel testigo de Cristo entre sus antiguos compañeros.
Un día le preguntó a Taylor: «¿Cuánto tiempo han tenido las Buenas Nuevas en su país?». «Algunos centenares de años», le respondió Hudson algo vacilante. «¿Cómo dice? ¿Centenares de años? Mi padre buscaba la verdad y murió sin conocerla. ¡Ah! ¿Por qué no vino antes?». Ese fue un momento doloroso para Hudson Taylor, que jamás pudo borrar de su conciencia, y que profundizó en él su ansia de llevar a Cristo a aquellos que aún podían recibirlo.
El tratado de Tientsin, en 1860, dio nuevas libertades a los misioneros. Por fin se había abierto la puerta de entrada a las provincias del interior. Por ese tiempo, el doctor Parker tuvo que dejar sus labores en el hospital y en dispensario que dirigía, y Hudson Taylor se vio constreñido a tomar también esa responsabilidad. Los nuevos creyentes chinos se ofrecieron para colaborar y, contra todo lo humanamente esperado, la atención mejoró, los recursos no faltaron, y aun se comenzó a respirar en el ambiente la vida de Cristo. En los nueve meses siguientes hubo 16 pacientes bautizados, y otros 30 se incorporaban a la iglesia.
Sin embargo, la salud de Taylor se quebrantó gravemente, tanto, que un descanso parecía ser su única esperanza de vivir. Así que dejaron Shanghai, llegando a Inglaterra en noviembre, 1860, siete años después de que él había partido para China. Vivieron en Bayswater, donde nació su primer hijo varón, Herbert, en abril de 1861 (Grace había nacido el año anterior). Comprendiendo que no podría volver tan pronto, Hudson emprendió varias tareas. Primero, la revisión del Nuevo Testamento de Ningpo, por petición de la Sociedad Bíblica.
Luego, la reanudación de sus estudios de medicina. La atención, a la distancia, de la obra en Ningpo, y la realización de reuniones con juntas misioneras denominacionales, instándoles a asumir la evangelización del interior de China. Esta última tarea era la que más le urgía; sin embargo, aunque por todas partes lo escuchaban con simpatía, pronto quedó de manifiesto que ninguna de ellas estaba dispuesta a asumir la responsabilidad por tan grande empresa.
Por petición del redactor de una revista denominacional, Hudson comenzó a escribir una serie de artículos para despertar el interés en la Misión en Ningpo, el que más tarde se transformó en un libro. Con el mapa de China en una pared de su pieza, Hudson oraba y soñaba con una evangelización a fondo por todas las provincias de ese gran país. La oración llegó a ser la única forma en que pudo aliviar la carga de su alma.
Poco a poco, empezó a brillar una luz en su espíritu. Ya que todas las puertas se cerraban, tal vez Dios quería usarlo a él para contestar sus propias oraciones. ¿Qué pasaría si él buscara sus propios obreros, y fuera con ellos? Pero su fe también parecía flaquear ante tamaña empresa. Por el estudio de la Palabra aprendió que lo que se necesitaba no era un llamamiento emocional para conseguir apoyo, sino la oración fervorosa a Dios para que él enviara obreros. El plan apostólico no era conseguir primero los medios, sino ir y hacer la obra, confiando en Dios.
Sin embargo, sentía que su fe aún no llegaba a ese punto. Pronto la convicción de su propia culpabilidad se agudizó más y más, hasta llegar a enfermar. Pero he aquí que Hudson Taylor tuvo una experiencia que habría de cambiar la historia.
Un día, un amigo le invitó a Brighton para pasar unos días junto al mar. El domingo fue a la reunión de la iglesia, pero el ver a la hermandad que, despreocupada, se gozaba en las bendiciones del Señor, no lo pudo soportar.
Le pareció oír al Señor hablarle de las «otras ovejas» allá en China, por cuyas almas nadie se interesaba. Sabía que el camino era pedir los obreros al Señor. Pero una vez que Dios los enviase, ¿estaba él en condiciones de guiarlos y hacerse cargo de ellos? Salió apresuradamente para la playa, y se puso a caminar por la arena.
Allí Dios venció su incredulidad y él se entregó enteramente a Dios para ese ministerio. «Le dije que toda responsabilidad en cuanto a los resultados y consecuencias tendría que descansar en Él; que como siervo suyo a mí me correspondía solamente obedecerle y seguirle; a Él le tocaba dirigir, cuidar y cuidarme a mí y a aquellos que vendrían a colaborar conmigo. ¿Debo decir que en seguida la paz inundó mi corazón?»Allí mismo le pidió a Dios 24 obreros, dos para cada una de las provincias que no tenían misionero, y dos para Mongolia. Escribió la petición en el margen de la Biblia que llevaba y regresó a casa, lleno de paz.Muy pronto Dios habría de comenzar a ordenar el escenario para contestar esta petición.
Nace la Misión al Interior de China
Muy pronto la casa de los Taylor en Inglaterra comenzó a llenarse de candidatos. La publicación del libro «La necesidad espiritual y las demandas de China» ayudó a despertar el interés por la obra de Dios en ese país. Sin embargo, las peculiaridades de la nueva Misión (denominada «Misión al Interior de China») alejaba a muchos, porque ella no solicitaba dinero, ni aseguraba un sueldo a sus misioneros. Pese a esto fue tal la respuesta, que hubo que avisar que cesaran las donaciones, porque las necesidades estaban cubiertas.
El 26 de mayo de 1866 Hudson Taylor salió con el primer grupo de 16 colaboradores rumbo a China. Este primer viaje no estuvo exento de peripecias, pues estuvieron a punto de naufragar en más de una oportunidad. Pero, gracias a Dios, llegaron sanos y salvos, y se establecieron en Hang-chow. Al año siguiente la familia Taylor vivió una profunda tristeza por la partida de su hija Gracie, de ocho años; sin embargo, la obra se extendía rápidamente por el Gran Canal hacia el interior.
Hudson Taylor enfrentó por ese tiempo otras pruebas muy fuertes. Una fue el motín de Yangchow, en que estuvo a punto de perder la vida, y otro, el descrédito que sufrió a manos de algunos miembros de su propio equipo, quienes regresaron a Inglaterra y lograron desanimar a algunos colaboradores.
Debido a esto hubieron de enfrentar algunas estrecheces económicas, pero fue entonces que se manifestó la fidelidad de un conocido hombre de Dios: George Müller. Su nombre se había hecho conocido, pues sostenía por la sola fe y la oración, sin aportes fijos ni solicitar fondos, un orfanato de unos dos mil niños y niñas. Müller no sólo tenía carga por los huérfanos de Inglaterra, sino también por la evangelización en China, y así lo hizo notar en muchas ocasiones.
Con sus oraciones, sus cartas y sus aportes, muchas veces infundió ánimo a los misioneros a la distancia. Las contribuciones de Müller durante los años siguientes alcanzaron la no despreciable suma de casi diez mil dólares anuales, ¡pese a que necesitaba mirar al Cielo diariamente por el sustento de sus propios huerfanitos!
La gran experiencia espiritual
En septiembre de 1869 Hudson Taylor entró en una experiencia espiritual que marcó su vida, y de la cual habría de compartir a muchos durante sus años siguientes. Él la llamó de la «vida canjeada». Poco antes había estado muy desanimado, por la falta de comunión con su Señor, y por la escasez de frutos, y no sabía cómo podría mejorar.
Pero la llegada de una carta de su amigo Juan McCarthy en que le contaba su propia experiencia, gatilló en él la solución tan anhelada. ¿En qué consistió? En ver, a partir de Juan capítulo 15, cómo permanecer en Cristo, y recibir de él la fuerza necesaria para una vida victoriosa. Después de esto, Hudson Taylor fue otro hombre. ¡Aquella fue una experiencia que sería capaz de resistir todos los embates del tiempo! (Ver artículo «El secreto espiritual de Hudson Taylor», pág. 74).
Pruebas y expansión
Pronto se acercaban, sin embargo, algunas experiencias familiares aún más dolorosas que las ya vividas. En medio de una época muy agitada en la vida de China –la matanza de Tientsin– el matrimonio Taylor tuvo que separarse del resto de sus hijos para enviarlos a Inglaterra para su educación. Y poco después, en julio de 1870, muere un hijo recién nacido y, a los pocos días, María Dyer, quien contaba apenas con treinta y tres años. En estas circunstancias, Hudson Taylor tuvo que echar mano más que nunca el consuelo procedente de sus experiencias espirituales.
«¡Cuánta falta me hacía mi querida esposa y las voces de los niños tan lejos allá en Inglaterra! Fue entonces que comprendí por qué el Señor me había dado ese pasaje de las Escrituras con tanta claridad: ‘Cualquiera que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás’. Veinte veces al día, tal vez, al sentir los amagos de esa sed, yo clamaba a él: ‘¡Señor, tú prometiste!’ Me prometiste que jamás tendría sed otra vez’ Y ya fuera de noche o de día, ¡Jesús llegaba prestamente a satisfacer mi corazón dolorido! Tanto fue así que a veces me preguntaba si mi amada estaría gozando más de la presencia del Señor allá, que yo en mi cuarto, solitario y triste». Al año siguiente, Taylor tuvo severos dolores del hígado y del pulmón, y muchas veces tuvo dificultades para respirar. Sin embargo, junto a cada dolor físico había el profundo consuelo de una vivencia más íntima con Cristo.
La renuncia del matrimonio Berger, que dirigía la Misión en Inglaterra, obligó a Taylor a viajar a ese país en 1872. Allí, en los próximos quince meses, organizó un Consejo de apoyo a la Misión, mientras oraban intensamente en reuniones realizadas en su casa. F. W. Baller, un joven creyente que llegó a ser después un íntimo colaborador, escribió lo siguiente cuando le vio por primera vez en una de esas reuniones: «El Sr. Taylor inició la reunión anunciando un himno, y sentándose al armonio, dirigió el canto. Su aspecto no era muy imponente.
Era pequeño de estatura y hablaba en voz baja. Como todo joven, quizá yo asociaba la importancia con la bulla y buscaba mejor presencia de un líder. Pero cuando dijo «oremos», y procedió a dirigir la oración, cambié de opinión. Nunca había oído a nadie orar así. Había una sencillez, una ternura, una audacia, un poder que me subyugó y me dejó mudo. Me di cuenta que Dios le había admitido en el círculo íntimo de comunión con él».
Cierto día, parado frente al mapa de China, Taylor se volvió hacia unos amigos que le acompañaban y dijo: «¿Tienen fe ustedes en pedir conmigo a Dios dieciocho jóvenes que vayan de dos en dos a las nueve provincias que aún quedan por evangelizar?». La respuesta fue afirmativa; así que allí mismo, tomados de las manos delante del mapa, se pactaron con toda seriedad para orar diariamente por los obreros que se necesitaban.
Poco después, de regreso en China, Taylor pudo comprobar con tristeza que la obra trastabillaba. En vez de hacer planes para su adelanto, apenas pudo atender lo necesario para robustecer lo que había. En esa circunstancia, su nueva esposa, Jenne Faulding, prestaba una gran ayuda. Al cabo de unos nueve meses pudo visitar cada centro y cada punto de predicación de la Misión. La obra cobró nueva fuerza.
Nuevos sueños
Un día lo siguió un anciano hasta donde él alojaba y le dijo: «Me llamo Dzing, y tengo una pregunta que me atormenta: ¿Qué voy a hacer con mis pecados? Nuestro maestro nos enseña que no hay un estado futuro, pero encuentro difícil creerlo… ¡Ah Señor! De noche me tiro en la cama a pensar. De día me siento solitario a pensar. Pienso, y pienso, y pienso más, pero no sé qué hacer con mis pecados. Tengo setenta y dos años.
No espero terminar otra década. ¿Puede usted decirme qué debo hacer con mis pecados?». Esta conversación, más el ver las multitudes en las grandes ciudades sin testimonio de Dios, produjo en Hudson Taylor una nueva urgencia por más obreros. En una de sus Biblias escribió: «Le pedí a Dios cincuenta o cien evangelistas nacionales y otros tantos misioneros como sean necesarios para abrir los campos en los cuatro Fus y cuarenta y ocho ciudades Hsien que están aún desocupados en la provincia de Chekiang. Pedí en el nombre de Jesús». Era el 27 de enero de 1874.
Poco después le fue entregada a Taylor una carta que traía una donación de 800 libras «para la obra en provincias nuevas». ¡La carta había sido enviada aún antes de que Taylor escribiera su petición en la Biblia!
Sin embargo, un llamado urgente desde Inglaterra por parte de la Srta. Blatchley –que estaba a cargo de los niños– lo obligó a viajar de inmediato. Luego supo que ella había muerto. Allí en Inglaterra le sobrevino una grave enfermedad a la columna, a causa de una caída que había tenido poco antes de salir de China. Como consecuencia, estuvo paralizado de sus piernas, totalmente postrado.
Allí, solo, en su lecho de dolor –su esposa estaba lejos atendiendo otras necesidades–, con la carga de la inmensa obra sobre su corazón y con poca esperanza de volver a caminar, surgió, sin embargo, el mayor crecimiento para la Misión al Interior de China. En 1875 publicó un folleto titulado: «Llamamiento a la oración a favor de más de 150 millones de chinos», en el cual solicitaba la cooperación de dieciocho misioneros jóvenes que abrieran el camino.
En poco tiempo se completó el número solicitado, y él mismo, desde su lecho, comenzó a enseñarles el idioma chino. ¿Cómo explicaba Taylor las extrañas circunstancias en que se dio esta expansión? «Si yo hubiera estado bien (de salud) y pudiera haberme movido de un lugar a otro, algunos hubieran pensado que era la urgencia del llamamiento que yo hacía y no la obra de Dios lo que había enviado a los dieciocho a China».
Las formas cómo el Señor proveía para las necesidades para la Misión eran variadas y asombrosas. Cierta vez viajaba con un noble amigo ruso que le había escuchado hablar. «Permítame darle una cosa pequeña para su obra en China», le dijo, extendiéndole un billete grande.
Taylor, pensando que tal vez se había equivocado, le dijo: «¿No pensaba darme usted cinco libras? Permítame devolverle este billete, pues es de cincuenta». «No puedo recibirlo», le contestó el conde no menos sorprendido. «Eran cinco libras lo que pensaba darle, pero seguramente Dios quería que le diera cincuenta, de manera que no puedo tomarlo otra vez.» Al llegar a casa, Taylor halló que todos estaban orando. Era fecha de enviar otra remesa para China, y aún faltaban más de 49 libras. ¡Ahí entendió Taylor por qué el conde le había dado 50 libras y no 5!
Durante los próximos años, los pioneros de la Misión viajaron miles de kilómetros por todas las provincias del interior. Sin embargo, lo mucho que ellos hacían era, en verdad, tan poco comparado con los millones de chinos que diariamente morían sin Cristo. Taylor se percató de que la única manera de alcanzar a toda China era incorporando al servicio a los mismos chinos.
«Yo miro a los misioneros (extranjeros) como el andamio alrededor de un edificio en construcción; cuanto más ligero pueda prescindirse de él, tanto mejor».
El desbordamiento
En 1882 Taylor oró al Señor por setenta misioneros, los cuales Dios fielmente proveyó en los tres años siguientes, con su respectivo sustento. El reclutamiento de los Setenta trajo una gran conmoción en toda Inglaterra, notificando a todo el pueblo cristiano de la gran obra que Dios estaba realizando en China. Otros conocidos siervos de Dios, como Andrew Bonar y Charles Spurgeon, se sumaron al apoyo a la Misión.
Cuatro años más tarde, Taylor da otro paso de fe, y pide al Señor cien misioneros. Ninguna Misión existente había soñado jamás en enviar nuevos obreros en tan gran escala. En ese tiempo, la Misión tenía sólo 190 miembros y pedirle a Dios un aumento de más del cincuenta por ciento ¡era algo impensable! Sin embargo, durante 1887, milagrosamente, seiscientos candidatos venidos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, se inscribieron para enrolarse. Así, el trabajo de la Misión se esparció por todo el interior del país según era el deseo original de Taylor. ¡Al final del siglo XIX, la mitad de todos los misioneros del país estaban ligados a la Misión!
En octubre de 1888, Taylor visita Estados Unidos, donde fue recibido afectuosamente en Northfield por D. L. Moody, desde donde emprendió el regreso a China, pero no solo: le acompañaban 14 jóvenes misioneros más, procedentes de Estados Unidos y Canadá.Durante los próximos años, Taylor vio extenderse su ministerio a todo el mundo. Compartió su tiempo visitando América, Europa y Oceanía, reclutando misioneros para China. Fueron los años del desbordamiento espiritual, que ahora se extendía por todos los confines de la tierra.
Un carácter transformado
El carácter de Taylor había alcanzado una gran semejanza con su Maestro. He aquí el testimonio de un ministro anglicano que le hospedó: «Era él una lección objetiva de serenidad. Sacaba del banco del cielo cada centavo de sus ingresos diarios – ‘Mi paz os doy’. Todo aquello que no agitara al Salvador ni perturbara su espíritu, tampoco le agitaría a él. La serenidad del Señor Jesús en relación a cualquier asunto, y en el momento más crítico, era su ideal y su posesión práctica.
No conocía nada de prisas ni de apuros, de nervios trémulos ni agitación de espíritu. Conocía esa paz que sobrepuja todo entendimiento, y sabía que no podía existir sin ella… Yo conocía las ‘doctrinas de Keswick, y las había enseñado a otros, pero en este hombre se veía la realidad, la personificación de la ‘doctrina Keswick’, tal como yo nunca esperaba verlo».
La lectura de la Biblia era para él un deleite y un ejercicio permanente. Un día, cuando ya había pasado los setenta años, se paró, Biblia en mano, en su hogar en Lausanne, y le dijo a uno de sus hijos: «Acabo de terminar de leer la Biblia entera por cuarentava vez en cuarenta años». Y no sólo la leía, sino que la vivía.
En abril de 1905, a la edad de 73 años, Taylor hizo su último viaje a China. Su esposa Jennie había fallecido, y él había pasado el invierno en Suecia. Su hijo Howard, que era médico, acompañado de su esposa, decidieron acompañar a Taylor en este viaje. Al llegar a Shangai, él visitó el cementerio de Yangchtow, donde estaba sepultada su esposa María y cuatro de sus hijos.
Mientras recorrían las ciudades chinas, Howard pudo comprobar el gran amor que todos le dispensaban a su padre, y también conocer cuál era el secreto de su prodigiosa vida espiritual.
Para Taylor, el secreto estaba en mantener la comunión con Dios diaria y momentáneamente. Y esto se podía lograr únicamente por medio de la oración secreta y el alimentarse de la Palabra. Pero ¿cómo obtener el tiempo necesario para estos dos ejercicios espirituales? «A menudo, cuando tanto los viajeros como los portadores chinos habían de pasar la noche en un solo cuarto (en las humildes posadas chinas), se tendían unas cortinas para proveer un rincón aislado para nuestro padre, y otro para nosotros.
Y luego, cuando el sueño había hecho presa de la mayoría, se oía el chasquido de un fósforo y una tenue luz de vela nos avisaba que Hudson Taylor, por más cansado que estuviera, estaba entregado al estudio de su Biblia en dos volúmenes que siempre llevaba. De las dos a las cuatro de la madrugada era el rato generalmente dedicado a la oración – el tiempo cuando podía estar seguro de que no habría interrupción en su comunión con Dios. Esa lucecita de vela ha sido más significativa para nosotros que todo lo que hemos leído u oído acerca de la oración secreta; esto significaba una realidad – no la prédica, sino la práctica».
Después de haber recorrido todas las misiones establecidas por él, Hudson Taylor se retiró a descansar una tarde de junio de 1905, y de este sueño despertó en las mansiones celestiales.
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Porque con el corazón se cree
viernes, 11 de noviembre de 2011
TEXTO: ROMANOS 10: 10.
INTRODUCCION: Cuando hablamos de la fe, hablamos de lo espiritual, de lo invisible, de lo eterno (Hebreos 11: 1; 1Corintios 2: 9). Concluimos entonces que la fe y el creer no son algo racional, ni mental, ni estás cosas se pueden entender con la mente. Según lo anterior se requiere de un lugar en el hombre donde se pueda desarrollar la fe y se crea. Este lugar debe corresponder a lo espiritual, invisible y eterno de la fe. Ese lugar en el hombre es el órgano espiritual llamado corazón (Eclesiastés 3: 11) de allí la importancia del estado del corazón para el hombre en cuanto a la fe y el creer. De como esté el estado de tu corazón así mismo estará tu fe.
¿Cuál es la importancia del corazón en la fe y en el creer?
1. El corazón es el terreno donde será la implantada la palabra que oímos y cuyo propósito es producir fe en nosotros, Romanos 10: 17. La biblia nos enseña que la fe viene por el oír pero cuando oímos debemos permitir que se convierta de una acción natural a una espiritual, Esto sucede cuando la palabra pasa de nuestros oídos naturales a oírlo espiritualmente y permitir que llegue al corazón. Ahora, la biblia compara muchas veces nuestro corazón con un terreno y la semilla que es plantada en nuestro corazón con la palabra de Dios, Mateo 13: 1-15.
Entonces según la parábola del sembrador podemos notar lo siguiente:
a. Hay un sembrador que siembra la semilla en el terreno. Mateo 13: 13. La semilla no se siembra sola, siempre habrá un sembrador y nuestro estado del corazón para con el sembrador es muy importante. Muchos dicen de esta parábola que el sembrador es Jesús pero Marcos 4: 14 nos dice que el predicador quien enseña la palabra es el sembrador. Entendamos que aquel que nos predica es un enviado de Dios con su palabra de fe (Romanos 10: 14-18). Así que nuestro estado del corazón para con el predicador es determinante en la fe. Un corazón cerrado para recibir, autosuficiente, prejuiciado o con resentimientos hacia el predicador no es buena tierra para la semilla. Recordemos el ejemplo de Ana que aun siendo maltratada por el sacerdote por el sacerdote Elí y sin tener este el mejor testimonio, soltó una palabra que ella recibió, produjo fe y rompió su esterilidad. El que cierra sus oídos cierra su corazón, Santiago 1: 21.
b. Nuestro corazón es mala tierra cuando está dividido, Mateo 13: 4. Una cosa es estar junto al camino y otra cosa es estar en el camino. la biblia dice que Jesucristo es el camino (Juan 14: 6) El que está junto al camino no ha tomado una decisión real por Cristo y para la gran mayoría porque no están entre las tinieblas y la luz. Por eso aunque reciben la palabra las aves que son tipos de demonios la comen porque su mayor área de comunión son las tinieblas. Oseas 10: 1-2.
c. Nuestro corazón es mala tierra cuando se endurece por causa de la aflicción, Mateo 13: 5-6. Sabemos que para que una semilla pueda penetrar en la tierra se requiera que esta se encuentre blanda. No habrá una penetración de la palabra de Dios cuando nuestro corazón está endurecido. Esta es la causa por la cual muchas veces la misma palabra primero tiene que romper nuestro corazón y prepararlo para la semilla y el que luego será nuestro sembrador primero tiene que convertirse en nuestro labrador (Mateo 21: 33; Oseas 10: 12). La dureza del corazón tiene la particularidad de permitir un gozo momentáneo que está determinado por las condiciones externas y no por lo que dice la palabra de Dios. Los corazones endurecidos se dejan llevar por las circunstancias y aflicciones, no anteponen las promesas de Dios que son en el si y amen y que están por encima de cualquier circunstancia aflicción y prueba. El que tiene un corazón endurecido es superficial y no permite que la palabra penetre hasta lo más profundo para cambiarlo. Si permitimos que nuestro corazón sea labrado entonces vendrá el Espíritu Santo para completar la obra de ablandamiento y así nuestra la semilla de Dios no se perderá. Hebreos 6: 7-8.
d. Nuestro corazón es mala tierra cuando estamos enfocados solo a lo material, Mateo 13: 7; Marcos 4: 17-18. Uno de los más grandes errores que la gente puede cometer es el pensar que el propósito fundamental de la fe es el alcanzar cosas (1Pedro 1: 9). Cuando esto es así la gente entra en el afán de este mundo que es lo material en el más corto tiempo posible. Sabemos que las cosas en Dios no son así y requieren un proceso, como el que requiere toda semilla que se planta, para luego convertirse en un árbol y después comenzar a producir frutos (Santiago 5: 7). También podemos decir que los espinos son tipo de la raíz de amargura. Un corazón amargado, resentido, con falta de perdón es una mala tierra que ahoga la palabra de Dios. Una de las razones por las cuales Ana la mamá del profeta Samuel no tenía fe era por la amargura que causaba su situación (1Samuel 1: 10). Solamente después que dejo su amargura y tristeza pudo concebir (1Samuel 1: 18-19). La raíz de amargura es un estorbo para la fe y además puede contaminar a otros para que no crean (Hebreos 12: 15).
e. Cuando nuestro corazón es buena tierra, entonces produciremos fruto abundante, Mateo 13: 8. Solamente la buena tierra producirá fruto. Es lógico que la buena tierra no se ajusta a las características de la mala tierra, es decir.
Tiene un labrador y lo acepta.
Está definido por seguir a Jesús.
Es sensible al Espíritu Santo.
Permite ser barbechado (quebrantado).
No está apegado a lo material
Es perdonador y mantiene el gozo.
Pero Jesús dio tres claves para ser buena tierra (buen corazón). Mateo 13: 23.
1. Oye la palabra: Este es el que va más allá de lo natural y permite que en lo espiritual la palabra llegue a su corazón y se siembre, está atento a lo que Dios va a hablar. Mateo 13: 13-14.
2. Entiende la palabra: Este es el que sabe que Dios le está hablando con un propósito. No toma la palabra como algo personal y destructivo contra el. Salmos 32: 8-9.
3. Da fruto: Este es el que obedientemente conforme a lo que oye y entiende hace y ejecuta para su vida. Santiago 1: 22; 3: 13
Juan Carlos Mosquera B.
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Desenmascarando al espíritu de Jezabel - John Paul Jackson
lunes, 7 de noviembre de 2011
El peligro de alianzas corruptas.
El sutil engaño de la ambición de poder.
Las catorce catacterísticas de un espíritu de Jezabel.
Cómo desmantelar el manto de Jezabel.
Cómo prepararse para sanar a los heridos.
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Tengamos cuidado con los "APOLOGISTAS" de la internet.
miércoles, 15 de junio de 2011
La palabra inglesa “apology” viene de una palabra griega que significa fundamentalmente “dar una defensa.” La Apologética Cristiana, entonces, es la ciencia de dar una defensa de la fe cristiana. Hay muchos escépticos que dudan de la existencia de Dios y/o atacan una creencia en el Dios de la Biblia. Hay muchos críticos que atacan la inspiración y la inerrancia de la Biblia. Hay muchos falsos maestros que promueven doctrinas falsas y niegan las verdades claves de la fe cristiana. La misión de los apologéticos cristianos es combatir estos movimientos, y en su lugar, promover al Dios cristiano y la verdad cristiana.
Con la base en lo anterior hoy en día abundan en la internet una gran cantidad de "APOLOGISTAS" o "APOLOGETAS" que verdaderamente están a años luz de los verdaderos principios de la defensa de la fe y del carácter del servicio cristiano como se considera esta rama del conocimiento o estudio del cristianismo.
La apologética cristiana es fundamentalmente la presentación de una defensa razonable de la fe y la verdad cristiana a aquellos que no estén de acuerdo con ellas. Somos todos mandados a estar preparados y equipados para proclamar el evangelio y defender nuestra fe (Mateo 28:18-20; 1 Pedro 3:15). Esta es la esencia de la apologética cristiana. Pero hoy lo que lamentablemente vemos en la red es todo lo contrario. Los "apologistas" lo que están haciendo es atacando a la misma iglesia, defendiendo no la fe sino su pensamiento denominacional, atacando a todos aquellos con que no cuadran dentro de su métrica religiosa y su rigidez denominacional. Mientras los musulmanes y otras sectas con su error doctrinal ganan terreno, la nueva era, el mentalismo, humanismo y el engaño sicológico acrecientan su auge; la brujería, hechicería y magia cautivan a la humanidad, los "APOLOGISTAS" buscan derribar a cuanto hombre de Dios, predicador o pastor consideran "herejes" cuando lo que deberían procuran mayormente derribar sería los anteriormente mencionados.
El segundo aspecto de la apologética cristiana, la cual es evitada muchas veces, es la segunda mitad de 1 Pedro 3:15, “con mansedumbre y reverencia”. El defender la fe cristiana con la apologética nunca debe involucrar el ser mal educado, enojado, o irrespetuoso. Mientras practicamos la apologética cristiana, debemos esforzarnos a ser fuertes en nuestra defensa, y al mismo tiempo, como Cristo en nuestra presentación. Si ganamos un debate, pero alejamos aun más a la persona de Cristo por nuestra actitud, hemos perdido el propósito verdadero de la apologética cristiana. Esto tampoco se ve en mis "AMIGOS APOLOGISTAS", verdaderamente carecen de estas dos cosas que exige la Biblia y que tiene que ver con el fruto del creyente. Vemos como grosera e irreverentemente arremeten contra los hombres de Dios sin considerar el llamado, la unción y la gracia que directamente Dios colocó en estos hombres y mujeres los cuales Dios escogió con sus virtudes pero también con sus defectos que el mismo Dios conoce y mejor que nosotros, pero curiosamente a pesar de ello no los descalifica al contrario de lo que muchos hacen hoy. Muchos irreverentemente y sin revelación cuestionan llamados, descalifican y hasta determinan quien es de Dios y quien no, cuando es mas difícil y oscuro determinar si estos "APOLOGISTAS" son de Dios o no lo son. En otras palabras, ellos pueden descalificar lo de Dios porque supuestamente a ellos los colocó Dios para eso; un gran principio satánico. Ahora ellos tampoco tienen en cuenta que el propósito de un verdadero apologeta es ganar las almas y adherir y antes por el contrario lo que hacen es dividir y traer confusión tanto al no creyente como a los débiles en la fe dentro de la iglesia.
Hay dos aspectos primarios / métodos de la apologética cristiana. El primero, comúnmente conocido como la apologética clásica, involucra el compartir pruebas y evidencias que muestran que el mensaje cristiano es verdad. El segundo, comúnmente conocido como la apologética presuposicional, involucra el confrontar las presuposiciones (ideas preconcebidas, suposiciones) tras de las posiciones anticristianas. Esto también es una utopía para los "APOLOGISTAS" de la internet y son las "pruebas" que presentan para soportar o fundamentar su pensamiento. Vemos unas pruebas de poco peso o manipuladas. Vemos como en "videillos de mal gusto" se toman el atrevimiento de tomar un fragmento de un mensaje de un predicador X y lo unen al de tal evangelista o pastor que quieren atacar, tratando de mostrar que el predicador X (que es de su pensamiento o corriente) avala la forma de pensar o corriente que sigo y es un ferviente "enemigo" o "atacante" de aquel con el cual no se está de acuerdo. Otros colocan "videos" de 2 o 3 minutos de un mensaje en particular de un predicador X y tratan de hacer notar que todo el mensaje o pensamiento de ese predicador esta errado porque en esos minutos dijo algo "que no les cuadro" con su "doctrina" y mi pregunta es: ¿Donde dejan la mayoría de minutos restantes del mensaje que complementan, afirman y nos dan una verdadera luz de esos 2, 3 o 5 minutos manipulados? Otros arman un "video" de fotos (que cosa más ridícula) de momentos como cuando supuestamente hacen la señal de la bestia, muestran la lengua de tal forma, tuercen los ojos de tal manera, oran así, se poistran de tal forma, están sentados en una alfombra con ciertas imágenes, en fin, encuentran demonios donde ni el mismo Satanás ni Dios saben que están. Todo esto lo que demuestra es una gran falta de integridad y falta a la verdad y seriedad que manifiesta un verdadero apologista.
Por ultimo y para terminar esta nota, quiero alertar y aconsejar a todos mis hermanos y hermanas en Cristo y aun a los que no son creyentes, a no prestar atención a estos "DEFENSORES MODERNOS DEL EVANGELIO", a no dejarse arrastar ni confundir por sus venenosos pensamientos y opiniones. Una de las carácteristicas de ellos es que se esconden detrás de la clandestinidad de un computador, no sabemos quienes son, como se llaman verdaderamente (generalmente se esconden tras un seudónimo muy espiritual), aun he llegado a pensar que muchos de ellos son anticristianos cuyo único objetivo es dividir y confundir el cuerpo de Cristo.
Para mi tiene más credibilidad un pastor o predicador que aunque se equivocó da la cara, se xpone, sabemos quien es más no así uno que cobardemente se coloca tras un equipo para "DEFENDER" el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es. Marcos 9: 38-40
Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña. Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? El les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? El les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero. Mateo 13: 24-30.
Juan Carlos Mosquera B.
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