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El Reino de Dios y la necesidad - Pastor Rubén Darío Gómez

lunes, 12 de octubre de 2009


"El Reino de Dios y la necesidad - Parte 1"

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"El Reino de Dios y la necesidad - Parte 2"

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"El Reino de Dios y la necesidad - Parte 3"

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Rubén Darío Gómez es el pastor de la Iglesia Maranatha Central Cali, bajo la cobertura del Apóstol Nahum Rosario del Ministerio Mundial Maranatha

www.maranatha-cali.com

El Pan Nuestro de Cada Día, Dánoslo Hoy - Creflo Dollar

sábado, 12 de septiembre de 2009

¿Sabe usted como orar para obtener el que sus necesidades suplidas diariamente? Sin embargo usted debe orar y vivir según la voluntad de Dios. Todo lo que usted necesita se encuentra en la voluntad de Dios para su vida.

Cuatro requisitos para "orar" y obtener lo que usted necesita diariamente.

1. Usted debe estar en la voluntad de Dios.

2. Esté seguro/a de permanecer en Su voluntad hacienda lo siguiente:

a. Esté en comunión con Jesús a través de su tiempo personal con Él y en estudio de Su Palabra.

  • Cuando usted busca a Dios diariamente, Él le habilitará con la capacidad, suficiencia y poder para llevar a cabo Su voluntad.

  • Acérquese a Dios en oración (Hebreos 10:22).

  • Permita que la Palabra se imprima en su corazón.

b. Fraternice con otros creyentes en su iglesia.

  • Dedíquese y sométase a sus pastores.

  • No permita el no perdonar se arraiga en su corazón.

  • No deje de congregarse con otros creyentes (Hebreos 10:25).


c. Tenga un balance de buenos hábitos en la manera de trabajar.

  • Ocúpese de sus propios negocios (1 Tesalonicenses 4:11, 12).

  • Sea una persona de integridad. Trabaje, porque es honorable. Si una persona no trabaja, la Biblia dice que no debería comer, sin embargo, no sea adicto al trabajo.

  • Viva una vida balanceada con el trabajo y diversión.


d. Sea obediente en su siembra.
  • Reciba las bendiciones de Dios dando su diezmo (Malaquías 3:10).

  • Absténgase en desarrollar una relación no saludable con dinero.


3. Crea que la voluntad de Dios es de prosperarle a usted.

a. Una persona con una mentalidad de pobreza no recibirá lo mejor de Dios.
b. Si usted vacila en su fe, no debe estar en espera de recibir del Señor.
c. Una multitud de bendiciones le alcanzará cuando usted obedece a Dios (Deuteronomio 28:1-4).
d. Lo que usted da se le será devuelto.
e. Dios quiere que usted prospere al igual que su alma prospera.
f. Esta creencia le dará confianza de venir ante el Señor con sus peticiones.


4. Usted debe ser especifico/a

a. No espere que Dios haga algo que usted no ha pedido.
b. Ore primero para la casa de Dios, y luego ore por lo suyo.
c. Cuando usted primero cuida de la casa de Dios, Él cuidará lo suyo.


5. Usted debe ser persistente.

a. Esta viuda era bastante persistente en obtener lo que necesitaba (Lucas 18:1-10).
b. Dios promete restauración.
c. ¿Cómo usted recupera lo que le ha sido robado?

  • Sométase a Dios (Santiago 4:7).

  • Resista al diablo y el huirá de usted.

  • Acérquese a Dios y no desmaye.

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El Verdadero Evangelio y Verdadera Conversión - Paul Washer

Destinados para el trono - Pablo E. Billheimer

viernes, 11 de septiembre de 2009


Pablo E. Billheimer nos hace partícipes de ideas únicas en cuanto a los propósitos de Dios en la creación del universo y de la raza humana, ilustrando la verdad de que "a través de las edades corre un solo propósito". Este mundo es un laboratorio en el que los que han sido destinados para el trono están aprendiendo por la práctica la manera de vencer a Satanás y su jerarquía.





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La Constitución del Reino de Dios - Pastor Rubén Darío Gómez

jueves, 3 de septiembre de 2009


"Artículo 1"

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"Artículo 2: Guardarnos de los pecados sexuales"

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"Artículo 3: Desarrollar el espíritu correcto para traer la ofrenda"

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"Artículo 4: Desarrollar nuestro corazón para amar a nuestros enemigos"

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"Artículo 5: Desarrollar el carácter que someta la ira y el enojo"

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"Artículo 6: El deber de cumplir nuestras promesas y compromisos"

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"Artículo 7: Sujetarse a las autoridades espirituales"

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Rubén Darío Gómez es el pastor de la Iglesia Maranatha Central Cali, bajo la cobertura del Apóstol Nahum Rosario del Ministerio Mundial Maranatha

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Humildad: Grandeza verdadera - Carolyn J. Mahaney

lunes, 24 de agosto de 2009


Dios dice claro que le atraen los humildes. También dice bien claro que está contra el orgulloso. Estos dos, la humildad y el orgullo, no pueden coexistir. Donde se fomenta uno se derrota el otro.

C. J. Mahaney nos pinta un impactante cuadro de la batalla diaria que ruge silenciosa dentro de cada cristiano y nos pregunta si podemos dar cabida al enemigo de nuestra alma, el orgullo, o cultivar de un modo activo a nuestra mejor amiga, la humildad.






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El Rey de reyes - R. C. Sproul


El evangelio de Lucas termina con una afirmación que llama la atención: “Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado ante El, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y permanecían siempre en el Templo alabando a Dios.” (24:50-53)

Lo que llama la atención de este pasaje es que cuando Lucas describe la ida de Jesús al cielo, la respuesta de sus discípulos fue regresar a Jerusalén sintiendo un gran regocijo. Pareciera que la ida de Jesús inculcara en Sus discípulos un sentimiento de gran regocijo. Esto se hace aún más desconcertante cuando tomamos en cuenta los sentimientos expresados por los discípulos cuando Jesús les habló sobre Su próxima partida. En ese momento, la idea de que su Señor los dejara les provocó una sensación de profundo desconsuelo. Parecía que nada podía ser más deprimente que anticipar la separación que se daría de la presencia de Jesús. Sin embargo, en un tiempo muy corto, esa depresión se transformó en una felicidad indescriptible.

Tenemos que preguntarnos que es lo que provocó ese cambio tan radical en los sentimientos de los discípulos de Jesús. La respuesta a esta pregunta está clara en el Nuevo Testamento. Entre el tiempo en que Jesús anunciara su partida y el tiempo real de su partida, los discípulos comprendieron dos cosas: Primero, ellos entendieron el porque Jesús se iba. Luego, comprendieron a cual lugar Él iría. Jesús partiría no para dejarlos solos y sin esperanza, sino, para ascender al Cielo. El concepto del Nuevo Testamento en relación a la ascensión significa mucho más que irse a los cielos o incluso a la residencia celestial. En Su ascensión, Jesús iba a un lugar determinado por una razón específica. Él ascendía con el propósito de ser investido y coronado como “El Señor de señores.” El título que el Nuevo Testamento utiliza para denominar a Jesús en su condición de rey es “Rey de reyes”, como también “El Señor de señores”. Esta significativa estructura literaria quiere decir mucho más que el adoptar posición de autoridad que lo capacitaría a gobernar sobre reyes menos importantes. Esta es una estructura que indica la supremacía de Jesús en Su posición de grandiosidad monárquica. Él es Rey en el más amplio sentido del poder monárquico.

En términos bíblicos es impensable que exista un rey sin tener reino. Al ascender Jesús a Su coronación como rey, esa coronación trae también la designación dada por el Padre del reino sobre el cual Él manda. El reino es toda la creación.

En la teología moderna encontramos dos grandes errores en relación al concepto bíblico del reino de Dios. El primero es que el reino ya estaba totalmente establecido y que nada quedaba para ser manifestado en el reino de Cristo. Este punto de vista puede considerarse como una escatología generalizada (últimos acontecimientos). Con la creencia de la abundancia del reino, no habría necesidad de buscar nada más debido al triunfo de Cristo. El otro error es en el que cree una gran mayoría de los cristianos: que el reino de Dios es algo totalmente futurista, o sea, no hay posibilidad de que el reino de Dios ya exista. Esta concepción toma una posición tan fuerte hacia la dimensión futura del reino de Dios, que incluso en algunos pasajes del Nuevo Testamento, como el de Mateo 5-6 (Bienaventuranzas), no tienen ninguna aplicación en la iglesia hoy en día, ya que pertenecen a una era futura del reino que aún no ha comenzado.

Los dos puntos de vista mencionados son contrarios a la enseñanza clara del Nuevo Testamento, que dice que el reino de Dios, efectivamente, ya ha comenzado. El Rey tiene su posición. Él ya ha recibido toda la potestad sobre los Cielos y la Tierra. Esto significa que nuestro Rey Jesús tiene la autoridad suprema sobre los reinos de la tierra y del universo mismo. No existe nada en este mundo, ningún reino o símbolo de poder que no esté bajo Su mandato y su poder. En las cartas de Pablo a los Filipenses, capítulo 2, en el himno a la kénosis del Creador, se menciona que el nombre de Jesús se le fue dado pues es el que está por encima de todos los otros nombres. El nombre que se le ha dado y que supera cualquier otro título que un hombre pueda recibir. Es el nombre reservado para Dios. Es el título de Dios: “Adonai”, que significa que es “Él verdadero soberano.” Se insiste así que este título implica la autoridad suprema del que es el Rey de toda la Tierra. La traducción que se hace en el Nuevo Testamento del Viejo Testamento del título: “Adonai”, es la palabra “señor”. Cuando Pablo dice que en el nombre de Jesús, cada rodilla debe doblarse y cada boca debe confesar, la razón para arrodillarse es la obediencia, y la de confesarse es declarar con sus labios que Jesús es Señor. Esto quiere decir que Él es amo soberano. Ésta fue la profesión de fe inicial de la primera iglesia.

Luego Roma, en su mal guiada tiranía pagana, trató de forzar un juramento al culto del emperador, en la que se obligaba a toda la gente a recitar la frase: kaisar kurios -“Cesar es el señor.” Los cristianos respondieron mostrando toda la sumisión civil posible. Ellos pagaron los impuestos, honraron al rey, fueron ciudadanos ejemplares, pero no pudieron acoger la orden de proclamar a Cesar como su señor. Su respuesta a ese juramento de lealtad al culto del emperador, Kaiser kurios, fue tan profunda en sus ramificaciones como sencillo fue su mensaje, Jesús ho kurios Jesús es el Señor. La adoración de Jesús no es simplemente una esperanza que los cristianos comprenderán algún día. Es una verdad que ya existe. Es obligación de la iglesia hacer visible el Reino Invisible de Cristo. Aunque ese Reino es invisible es auténticamente real.

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Cómo dejar de ser pobres - Jorge Ovando

sábado, 22 de agosto de 2009


Cómo dejar de ser pobres nace de una experiencia profundamente vivida, y de una comprobación de testimonios a lo largo del tiempo que tienen mucho peso. Miles de personas en el mundo han aplicado estos principios (por ser bíblicos) y han comprobado que es la única forma de vivir dignamente con abundancia, sin que les falte nada. Otros por el contrario, lo tienen todo, materialmente hablando, pero sienten un gran hueco en el corazón. Como dijo un millonario poco antes de morir: "No sé de qué me sirve todo mi dinero. No lo puedo gastar; la verdad es que nunca lo he visto. No me visto mejor que mi secretario privado y no puedo comer tanto como mi chofer. Vivo en una gran casa de huéspedes en la cual viven también los sirvientes; me vuelven loco los mendigos; tengo constante indigestión; no puedo beber champagne; y la mayor parte de mi dinero está en las manos de algunos que lo usan principalmente para su propio beneficio ¡Qué derrota tan triste!"

Tengo gran esperanza que su vida cambie, y prospere integralmente tanto que sobreabunde en buenas obras para con todo el mundo. Y que no permita que la riqueza adquirida lo vuelva tan ciego que lo haga ver sólo su propia persona, convirtiéndolo así en alguien mezquino y egoísta.





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El Evangelio del Reino - George E. Ladd


Nuestro Señor Jesús dedicó gran parte de su ministerio público a la enseñanza del reino de los cielos. Este tema es aún hoy día un mensaje importante para el hombre dondequiera este se encuentre.

Comprender la secuencia del desarrollo del reino es de primordial significación para nuestra época. Comprender "el misterio del reino" que nos ha sido más claramente revelado a nosotros que a los profetas del Antiguo Testamento tiene una suprema importancia. El reino - en esta época - es un "reino espiritual" en los corazones de los hombres. El "reino político" de Jesucristo, por tanto, está destinado a las edades venideras.


Gran parte de la confusión teológica de nuestros días parte de un falso concepto de "los tiempos" de Dios. La presentación clara y concisa que aparece en las páginas de este importante estudio merece la consideración - aunada a la oración - de todos los "súbditos de ese reino".





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Negarse a si mismo - Charles G. Finney

domingo, 16 de agosto de 2009

"Y decía a todos: 'Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz cada día, y sígame'" (Lucas 9:23).

A fin de comprender esta solemne declaración de nuestro Señor hay que decidir un punto de capital importancia y es: "¿En qué consiste la verdadera idea de tomar la cruz y negarse uno a sí mismo?"

Está pregunta presupone la existencia de apetitos y propensiones que apelan a la indulgencia, a la vida fácil y muelle, y luego significa, de modo evidente, que en algunos casos esta indulgencia debe ser rehusada. Este es el punto preciso del texto; un hombre que quiere seguir a Cristo debe negarse a sí mismo en el sentido de negarse la satisfacción de todos los apetitos y propensiones, siempre y cuando estas satisfacciones sean prohibidas por la ley del amor. Dentro de los límites de la ley de Dios, estos apetitos de nuestra constitución pueden ser permitidos; más allá de estos límites, deben ser denegados. En cualquier punto en que vayan en contra de la ley del amor a Dios o el amor a los hombres, deben ser negados.

Lo que pide, por tanto, la ley del reino de Cristo es que consultes y obedezcas la voluntad de Cristo en todo este asunto de la indulgencia para con uno mismo; que no obedezcas a los deseos o apetitos -- que nunca satisfagas tu amor a la aprobación -- nunca busques forma alguna de disfrute personal en desobediencia a Cristo. No debes hacer esto nunca cuando sabes cuál es tu deber, pues de lo contrario desagradarás a Dios, ya que es evidente que El tiene el derecho de controlar todas tus potencias.

Bajo este principio tienes que hacer todo tu deber hacia tu prójimo, sea hacia sus cuerpos o a sus almas, negando todos los deseos y tendencias mundanas que podrían entrar en conflicto con tu deber, haciendo de Jesucristo mismo tu modelo y que su expresa voluntad sea tu regla perpetua de conducta.

Muchos van a preguntarse: ¿Por qué exige Cristo de nosotros este negarse a uno mismo?

¿Es porque Dios quiere ver que nos mortificamos, porque tiene placer en que crucifiquemos nuestra sensibilidad al goce, que él mismo nos ha dado? De ninguna manera. La verdadera respuesta hay que hallarla en el hecho de que El nos ha hecho seres morales y racionales: nuestras facultades racionales están planeadas para controlar nuestras actividades voluntarias, y nuestra naturaleza moral para hacernos responsables del control de nosotros mismos que Dios requiere. En los órdenes inferiores de la creación que nos rodea, vemos animales exentos de responsabilidad moral, porque son irracionales e incapaces de acción moral responsable. Para ellos, la tendencia natural es la ley, porque no conocen otra. Pero nosotros tenemos una ley más elevada para obedecer. El mayor bien de los animales es proporcionado por su obediencia a la mera ley física; pero no es así con nosotros. Nuestros sentidos son ciegos moralmente y por tanto Dios nunca quiso que rigieran nuestra vida. Para proporcionarnos una regla apropiada, Dios nos dio la inteligencia y la conciencia. El apetito, por tanto, no puede ser nuestra regla, en tanto que es y tiene que ser la regla de todos los animales inferiores, irracionales.

Ahora bien, es un hecho que nuestros sentidos no están en armonía con nuestra conciencia, y que a veces piden indulgencia o placer cuando, tanto la razón como la conciencia, lo prohíben.

Si nos entregamos al dominio del apetito y de los sentidos sin norma o criterio, sin duda vamos a perder el camino. Estos apetitos crecen cuando se les mima; un hecho que por sí mismo explica por qué Dios nunca quiso que fueran nuestra regla. A veces se forman apetitos artificiales, de tal naturaleza que sus efectos son en extremo perniciosos.

En estos casos somos lanzados a un estado de guerra. Nuestros apetitos nos hacen apelación constante, reclamando indulgencia y libertad, y la ley de Dios y la voz de nuestra razón, hacen apelación constante contra los sentidos, instándonos a que nos neguemos a nosotros mismos y hallemos nuestro bien supremo en la obediencia a Dios. Dios y la razón requieren que nos abstengamos y resistamos las peticiones del apetito de modo serio y firme. Notemos aquí que Dios no requiere esta resistencia, sin al mismo tiempo prometernos ayuda en el conflicto. Es notable la forma en que la resuelta oposición a los apetitos en el nombre de Cristo, bajo las exigencias de la conciencia, permitirá claramente vencerlos. Ocurren casos, con frecuencia, en los cuales los apetitos más despóticos y exigentes han sido dominados por la voluntad, bajo los mandatos de la conciencia y con la ayuda de Dios. Al instante yacen subyugados y la conciencia queda en paz y sosiego.

Vamos a considerar aquí con atención el hecho que nos damos cuenta de tener una naturaleza espiritual y moral además de la física. Tenemos una conciencia, y tenemos afectos referentes a Dios, como también los tenemos respecto a las cosas terrenas. Hay una hermosura en la santidad, y hay cosas relacionadas con nuestros gustos espirituales como los hay a los físicos. Bajo el propio cuidado y esfuerzo, nuestra naturaleza física se desarrolla hacia los objetos terrenos. Somos seres sociales en nuestras relaciones terrenas, y no menos en nuestra naturaleza espiritual. Somos sociales espiritualmente lo mismo que físicamente, aunque no nos demos cuenta de ello, porque nuestra sociabilidad espiritual puede haber quedado sin cultivar y sin desarrollar. Pero necesitamos realmente comunión divina o espiritual con Dios, comunión social con nuestro Hacedor. Antes de la regeneración, nuestra capacidad moral era un yermo, un desierto. Todos los hombres tienen conciencia y puede que se den cuenta de ello, pero no tienen afecto espiritual hacia Dios y por ello suponen que la religión es algo muy seco. No pueden ver cómo pueden gozar de la presencia de Dios y de la oración. Están despiertos a la comunión y amistad terrenas, pero muertos a la comunión y amistad con Dios. Su amor en la forma de afecto ha sido atraído hacia los hombres, pero no hacia Dios. Parece que no se dan cuenta de que tienen una naturaleza capaz de ser desarrollarla en afectos de amor hacia su divino Padre. De aquí que no vean cómo pueden gozar de la religión y sus deberes religiosos. La frialdad de la muerte entra en sus almas cuando piensan en ello.

Este lado espiritual de nuestra naturaleza necesita ser cultivado. Ha estado abandonado largo tiempo, y aplastado, y tiene una gran necesidad de ser levantado. Pero para conseguirlo y desarrollar el lado espiritual de nuestra naturaleza, es indispensable que el lado mundano sea aplastado y rebajado. Porque la carne es un peligroso enemigo de la gracia. No hay armonía, sino antagonismo y repulsión entre los afectos terrenos y los celestiales. A menos que subyuguemos la carne, moriremos. Y sólo cuando mortificamos las obras del cuerpo, por medio del Espíritu, podemos vivir.

La iglesia de Roma en épocas pasadas se distinguió por las mortificaciones a la carne, externamente consideradas. Estas mortificaciones fueron eliminadas en el mundo protestante, y con ello se fue al extremo opuesto. Entre todos los sermones protestantes que he escuchado, no recuerdo ni uno sobre el tema de llevar la cruz y negarse a uno mismo. He de creer que este tema es descuidado en gran manera en nuestras iglesias protestantes. La Roma papal llegó a extremos desbocados con esta idea; los protestantes parecen que por temor de este extremo han caído en el opuesto. Por tanto, necesitamos hacer un esfuerzo especial para evitar esta tendencia y entrar en razón, sentido y en la Escritura.

Hasta que me convertí nunca supe que tenía afectos religiosos. No sabía, incluso, que tenía alguna capacidad para emociones espontáneas, profundas, que fluyeran hacia Dios. Esto era una ignorancia oscura y pavorosa, y es fácil suponer que conocía muy poco gozo real en tanto que mi alma estaba en perfecta ignorancia de la misma idea de gozo espiritual real. Pero veo que esta ausencia de ideas correctas sobre Dios no es rara. Si buscamos encontraremos que ésta es la experiencia común de las personas no convertidas.

Todos sabemos que la satisfacción de la naturaleza animal es el placer: no placer o goce de la clase más elevada, pero una forma de placer. Cuanto más gozosas van de ser las satisfacciones de nuestros afectos morales más nobles. Cuando el alma llega a un festín en sus afectos espirituales empieza a saborear la felicidad real, ¡una felicidad como la del cielo! Temo que muchos no han comprendido lo que la Biblia quiere decir con "bienaventuranza".

Ahora hemos de considerar bien que este lado espiritual de nuestra naturaleza puede ser desarrollado y satisfecho sólo por medio de una benevolente negación o contrariedad de nuestros apetitos, un contrariar los apetitos bajo las exigencias de la benevolencia real hacia nuestros prójimos y hacia Dios. Este debe ser nuestro objetivo; porque si hacemos de nuestra felicidad personal nuestro objetivo, nunca vamos a alcanzar el goce exaltado de la verdadera comunión con Dios.

Es curioso ver cómo la sensibilidad se relaciona con el negarse a uno mismo, de modo que el negarnos a nosotros mismos, por motivos rectos, pasa a ser el medio natural y necesario de desarrollar nuestros afectos espirituales. Empezando con el temar la cruz, uno va, paso a paso, amortiguando las autocomplacencias, las autosatisfacciones, y abriendo más y más su corazón a la comunión con Dios y a la experiencia más madura de su amor.

Una nueva razón por la que los hombres deberían negarse a sí mismos es que es intrínsecamente recto. Los apetitos inferiores no deberían regirnos; las leyes más elevadas de nuestra naturaleza sí deben hacerlo. La evidencia de esto es simplemente la evidencia que prueba que el deber de seres creados racionalmente es usar su razón, y no degradarnos al nivel de las bestias.

Otra razón es que podemos permitírnoslo, pues vamos a salir penados con ello. Admito que cuando nos resistimos y nos negamos a las exigencias de la auto indulgencia, la cosa va contra la "felicidad" de modo directo; pero en el lado espiritual ganamos inmensamente, mucho más de lo que perdemos. La satisfacción que conseguimos del negarnos a nosotros mismos es preciosa. Es rica en calidad y profunda y ancha como el océano en su importancia.

Muchos piensan que si han de hallar placer han de buscarlo directamente y hacer de ello un objetivo directo, buscándolo, además, en la satisfacción de sus apetitos. No conocen otra forma de felicidad que ésta. Parece que nunca han concebido la idea de que el gozar es realmente el negarse a sí mismos, plenamente, según las exigencias de la razón, Io recto, y la voluntad revelada de Dios. Con todo, ésta es la ley más esencial de la verdadera felicidad. Donde se empieza a evitar la cruz, allí termina la verdadera religión. Puedes orar en tu familia, puedes reprobar el pecado dondequiera que te ofenda, y puedes hacer todo esto sin un negarte a ti mismo cristiano; pero mientras vives en hábitos de auto indulgencia, no puedes defender a Cristo dando la cara y hacer tu deber en todas partes con vigor, y especialmente te hallarás debilitado cuando el camino del deber te conduzca a lugares en que sean heridos tus sentimientos. Y nadie puede esperar escaparse de este tipo de situaciones siempre. Si quieres mantenerte en el camino del deber sin desviarte, y gozar de la vida real y la bienaventuranza, has de decidirte a negarte a ti mismo cuando Dios y la razón te lo pidan, y plenamente, hasta donde te sea demandado. De este modo ganarás más de Io que vas a perder. Si estás resuelto y decidido tu camino será fácil y gozoso.

Ocurre a veces que la corriente total de los sentimientos de un cristiano es hacia la auto indulgencia, de modo que si se le permite que se guíe por sus sentimiento sin duda terminará en un naufragio del alma. Dios, por su parte, le encierra en la fe simple. Entonces, si sigue la guía del Señor, triunfará, y de repente su "alma será como los carros de Abinadab". Se encuentra en mi mente ahora el caso de un hombre que vivió una vez aquí. Después de un período de vida cristiana, salió de entre nosotros, se apartó de Dios gravemente, se volvió prácticamente un infiel, se hizo espiritista swedenborgiano, llegó a ser rico, y cuando uno podría suponer que había alcanzado las alturas de la felicidad terrena, y él mismo lo suponía, de repente entró en un período en que se sentía totalmente desgraciado. Se vio forzado a volver sobre sí mismo y se dijo: "He de volver a Dios y hacer su voluntad, toda ella, sea Io que sea, o de perecer." "Voy a extinguir toda afección del mundo", se dijo. "Nada que sea hostil a Dios va a ser tolerado por mí un momento." Tan pronto como hizo esto, toda su vida y sus goces en la religión regresaron de ello. Entonces su esposa y sus vecinos dijeron de él: "Es verdaderamente un nuevo hombre en Cristo Jesús." A partir de aquel día la paz de Dios rigió su corazón y la copa de su gozo fue llenada a rebosar. Cualquier hombre, por tanto, puede permitirse negarse a sí mismo, pues con ello abre su corazón a los goces de la vida inmortal y la paz. Este es el camino real de la felicidad.

Este punto explica muchos de los hechos de la experiencia cristiana que de otro modo parecen extraños. Aquí tenemos a un hombre que no puede orar delante de su familia. Inquiere más profundamente en su caso y probablemente hallarás que no puede gozar en ninguno de sus deberes religiosos. Inquiere más en la causa y hallarás que no se niega nada a sí mismo, que su vida está regida por las leyes de la auto indulgencia. ¿Cómo puede este hombre agradar a Dios así?

Otro no puede salir y confesar a Cristo delante de los hombres. La verdad es probablemente que no ha decidido negarse a sí mismo nada. Al contrario, a quien niega realmente es a Cristo. Esquiva la cruz. Ah, éste no es el camino del cielo. En este camino no se puede tener comunión con Dios. Pruébalo más veces y hallarás siempre el mismo resultado: no hay paz, no hay comunión con Dios.

Nuestro texto dice: "Tomad vuestra cruz diariamente." Y esto es lo que debes hacer. Este es el único camino posible para vivir santamente. Y debes hacerlo de modo firme, serio, continuo. Debe ser la obra de tu vida, excepto cuando haya un descanso al ganar una victoria substancial sobre tus tendencias a la auto indulgencia. Si un hombre intenta dominar su apetito por las bebidas alcohólicas y lo hace sólo en ocasiones, digamos un día o una semana, y luego se permite libertades entre estos períodos: ha de fracasar totalmente. Nunca va a conseguir nada a menos que tome su cruz diariamente y la lleve en todo tiempo. Debe perseverar en absoluto, o sus esfuerzos no servirán para nada. Precisamente, en proporción a lo estricto que sea en tomar su cruz, ésta va a hacerse más ligera y él más fuerte para llevarla. Cuando un hombre se permite fumar, cada día que se Io permite el tabaco le hace más esclavo. Al contrario, cada día que se abstiene le hace más fácil vencer. Si un hombre de modo resuelto declara: con la ayuda de Dios ninguna concupiscencia, ningún apetito va a dominar sobre mí, y luego se mantiene firme, saldrá vencedor. Aunque al principio emprendas esta obra temblando, si persistes, ganarás terreno. Estos apetitos van a poder menos cada vez en ti. El llevar la cruz te hará más fuerte para la tarea total de la vida cristiana.

El evitar la cruz agravia al Espíritu. Si descuidas tu deber, si dejas de orar en la familia, por el hecho quizá de que hay invitados presentes, puedes estar seguro que esto agravia al Espíritu de Dios. Satán echa estas tentaciones en tu camino, y tú le das toda clase de ventajas contra ti. Es posible que intentes orar en estas condiciones; pero, oh, ¡Dios no está contigo! Has estado en una situación en que debías haber hecho algunas cosas desagradables a la carne y a la sangre; te has escabullido de hacer tu deber; te has ido a la cama cuando debías hacer tu deber. ¿Qué ocurrió entonces a tu alma? No aparecieron espesas nubes que interceptaron la luz del rostro de Dios? ¿Tuviste el consuelo de su presencia? ¿Tuviste comunión con el Salvador? Haz una pausa, por un momento, y pide la respuesta a tu corazón.

Conclusión

1. En tanto que su sensibilidad religiosa no se ha desarrollado, la persona siente una fuerte atracción por los afectos del mundo. ¿Qué sabe de los afectos religiosos del corazón? ¿Qué sabe del amor real de Dios, o de la presencia del testimonio del Espíritu en su corazón de que es hijo de Dios? En realidad, nada. Nunca ha ido más allá de sus tendencias de los sentidos. Naturalmente no ha dado aún los primeros pasos hacia el desarrollo de los afectos celestiales del corazón. Por consiguiente sólo disfruta en lo que es terreno. Su corazón está aquí abajo. Pero a medida que se niega a sí mismo va dándose cuenta y ajustándose a su naturaleza espiritual.

2. Es una cosa grande y bienaventurada para el cristiano el hallar que su naturaleza va siendo conformada más y más, de modo progresivo, en Dios; el hallar que va avanzando por el buen camino y ajustándose, bajo la gracia divina, a las demandas de la benevolencia.

3. Si se persiste en llevar la cruz el resultado es un ambiente maduro espiritualmente. El alma anhela intensamente las manifestaciones espirituales y ama la comunión con Dios. Se le oye decir: ¡Cuán hermoso es el recuerdo de aquellas escenas en que mi alma estaba en quietud delante de Dios! ¡Cómo gozaba mi alma de su presencia! Ahora me doy cuenta de un vacío doloroso en mí, a menos que Dios esté conmigo.

4. Cuando los hombres se dedican a buscar el placer como un objetivo, sin duda van a fracasar en conseguirlo. Toda búsqueda así es necesario que sea vana. La benevolencia lleva al alma más allá de sí misma, y la dispone a hacer la felicidad de los otros. Sólo entonces se consigue la propia.

5. Tu utilidad como cristiano dependerá de que lleves tu cruz y de tu firmeza en este curso de vida; porque tu conocimiento de las cosas espirituales, tu vitalidad espiritual, tu comunión con Dios, y en una palabra, tu ayuda del Espíritu Santo, dependerá de la fidelidad con que te niegues a ti mismo.

6. Si has conocido una vez la bienaventuranza de la vida espiritual, y si tu corazón ha sido mezclado a la imagen de lo celestial, no puedes volver a las ollas de Egipto. Ya no hay la posibilidad de que goces de las cosas terrenas como porción de tu alma. Esto ya está establecido. Abandona al instante y para siempre todo pensamiento de hallar tus goces en los regalos egoístas y mundanos.

7. A los jóvenes quiero decir: vuestras sensibilidades son vivas, y se inclinan a las cosas mundanas. Ahora es el momento de alejar con mano firme al espíritu del mimo y la complacencia personal, antes de que haya ido demasiado lejos para que puedas dominarlo. ¿Te sientes tentado a ceder y tratarte con la manga ancha? Recuerda que es una ley inalterable de tu naturaleza que debes buscar tu paz y bienaventuranza en Dios. No puedes hallarlo en ninguna otra parte. Has de tener a Jesús por amigo o carecer de amigos para siempre. Tu misma naturaleza exige que busques a Dios como tu Dios -- como Rey de tu vida --, la Porción de tu alma para la felicidad. No puedes esperar que pueda ser tal para ti a menos que te niegues a ti mismo, tomes tu cruz diariamente y sigas a Jesús.

8. A los que estando todavía en vuestros pecados no podéis concebir cómo podéis gozar de Dios, y no podéis imaginaros cómo puede el corazón adherirse a Dios, y llamarle mil nombres cariñosos, y verter vuestro corazón en amor a Jesús, permitidme que os pida que consideréis que una comunión así con Dios existe, que hay un gozo así en su presencia, y que podéis tenerlo al precio de negaros a vosotros mismos y de una devoción total e íntegra a Jesús; no de otra manera. Y ¿por qué no hacéis esta decisión? Ya decís: Toda copa de placer mundano está vacía, seca, inútil. Dejadla, pues, soltadla. Desprendeos del mundo y elegid un goce más puro, mejor y que permanece para siempre.